Desde el s. VIII a.C., en pleno período monárquico, oreció en Israel el fenómeno del profetismo. Frente a las instituciones políticas, sociales y religiosas, corrompidas e ineficaces, surgió la voz de los heraldos de Dios que se enfrentaron con ellas, denunuciaros sus lacras y anunciaron su destrucción: los profetas. No eran adivinadores del provenir, pero abrieron perspectivas de un futuro mejor, obra de un Dios cariñoso y justo que se rebelaba ante la situación desgraciada de su pueblo. Animaron a sus contemporáneos en momentos difíciles, y urgieron el cumplimiento de las obligaciones morales por parte de los dirigentes políticos y religiosos, de los ricos, del pueblo en general.


Cada uno de ellos juzga su situación histórica concreta -política, social, religosa- a la luz de la fe tradicional de Istael y con un profundo sentido monoteísta. Sus proclamas son apasionadas, llenas de ternura o de santa cólera, a veces crueles, en otras ocasiones de alta altura mística. Hablan entusiasmados del matrimonio de Dios con su pueblo, del Mesías, de la extensión universal de la verdadera fe, de la justicia y de la paz que llegarán a ser realidades tamgibles y maravillosas en el mundo futuro que Dios está creando.

De Según Tu Palabra nº 124