Porque lo bueno no es inmediato. Porque adquirir hábitos y destrezas no es cuestión de un solo día, ni de de unos cuantos, sino de perseverar y ser constantes. Porque la Palabra es sembrada y precisa de un tiempo para que dé fruto en tu buena tierra. Porque se aprende a leer leyendo; a escribir, escribiendo; y a escuchar al Señor, escuchándolo cada día. Porque no se trata de engullir ni devorar ni de darse una atracón que empacha, sino de disfrutar de la comida, de saborear, de encontrar matices, de alimentarse. Porque se hace camino al andar, porque el corazón tiene que ponerse en forma. Porque cada día presenta nuevos retos y oportunidades, afanes y obligaciones y precisa de la presencia del Señor para afrontar cuanto ocurre.