En el día a día de la lectio van pasando muchas cosas que no se esperan, y que no vienen en los libros que enseñan este camino de oración. Es verdad que la lectura orante y creyente de la Palabra de Dios es sorprendente. Dos por dos no son cuatro. La lectio no sucede como un soliloquio. No es hablar a solas con uno mismo de las cosas de cada uno. Funciona a través de encuentros personales. El tiempo me va haciendo ver que realmente es cosa de dos. Y los mejores días son estos en los que hay mucho contacto, confianza, complicidad y momentos entrañables. La lectio divina, para mí, es mucho más que reflexionar un texto bíblico…


Hace varios días, leía con atención un texto del Evangelio de san Lucas sobre el nacimiento de Jesús. En el capítulo dos (Lc 2,8-20), los ángeles y los pastores son personajes centrales del relato que nos llega sobre lo ocurrido en el pesebre de Belén. Pero, de aquella lectura, me han impresionado profundamente, estas palabras. Se conoce que estaban para mí: “María, por su parte, guardaba todas estas cosas, meditándolas en lo íntimo de su corazón”.


La verdad es que, a través de estas palabras, hubo momentos de mucha cercanía e intimidad con María. Pasaron muchas cosas. Fue inolvidable. Aún me llegan ondas y recuerdos de aquel rato delicioso. Estuve rumiando, sin prisa y atentamente en silencio, esta frase de quince palabras. Estuve repitiendo cincuenta veces esta frase, como si fueran avemarías del Rosario. Iba pasando entre los dedos las cuentas y alabando a Dios en cada “Gloria”. Lo hice queriendo. Fue como un rosario delicioso en la mesa de cocina de lo íntimo del corazón. Era más que comunicación de palabras. Era un abrazo de María lo que estas palabras me iban diciendo. Eran cosas de las madres calando en el corazón. Me acordaba también de la mía, la que me trajo al mundo.

Meditar, rumiar, escuchar… eran mucho más que nombres de una misma fase de la lectio. Aquello era estar con María, queriendo acercar mis torpes ojos al interior de su corazón. (Hacía lo que podía). Estar con María a corazón abierto es de lo mejor que me ha pasado últimamente. Con ella sí que se aprende de Jesús. Ella sí que sabe de lo divino y lo humano del “Hijo Amado de Dios” (Mt 17,5) y del “Nacido de mujer” (Gal 4,4). Ella sí que enseña a seguir de cerca a Jesús. Ella sí que entiende, al nivel de las rutinas de cada día, como vivir siendo testigo del Evangelio. Ella sí que pone los pies en la tierra para construir el Reino donde se vive. Ella sí que es ejemplo de vida entregada. Ella sí que transmite estar con Jesús en fe.


Estas vivencias de la lectio de aquel día me han marcado. Me han hecho más hijo de María. Me han enseñado mucho. En lo íntimo del corazón de María hay una chispa de luz que mueve millones de centrales eléctricas de la Buena Noticia de Jesús. He aprendido muchas cosas sobre cómo se relacionan lo creyente y orante de la lectio con la intimidad y el interior del corazón humano durante la lectura de las Escrituras Santas.


Rumiar infantilmente palabras del Evangelio simplifica mucho los conceptos y complicaciones que nos montamos sobre la Biblia. En la lectio divina se vive por dentro del Dios con nosotros. Se van deshaciendo abstracciones y teorías sobre la vida de Jesús: el “Manso y humilde de corazón” (Mt,11,29), el “Ecce homo: He aquí el Hombre” (Jn 19,5).


¡Qué bien se está con María! ¡Qué buenas son las madres! Es cierto eso que decimos: “el roce hace el cariño”. La lectio de hace unos días me ha calado dentro. Terminé besando el texto de la lectura, queriendo decir con los labios del corazón unas palabras, más o menos como estas: “Gracias. Señor Jesús, porque seguirte como hijo de María, libera de idealismos y abstracciones, hace el camino más real y más humano, y enseña a vivir en fe. Gracias, Señor, por María”.


Joaquín E. Urbano