Si tuviera que expresar el efecto que ha producido en mí la lectio divina, lo compararía con algo que podemos observar en el cine o la fotografía. La diferencia la encontraremos al visualizar una película en blanco y negro o en color. Sin perder de vista que la riqueza de grises del banco y negro da lugar a verdaderas obras de arte, se reconoce que los matices de luz y color transmiten con una fuerza extraordinaria las emociones y sitúan al espectador dentro de las imágines que nos ofrece.

Ahora bien, una cosa es el cine en blanco y negro, otra en color, y una cosa muy diferente son esas antiguas cintas en blanco y negro, que se remasterizan y colorean por encima, como las viejas fotos iluminadas con tintas de colores, consiguen unos tonos mortecinos y, a veces ambiguos, que más que agradar enfadan.

Podría decirse que gran parte de mi vida la he vivido como si fuera una película en blanco y negro, que de vez en cuando trataba de iluminar con tintas de colores. El color fue apareciendo poco a poco en la medida en que mi vida de fe iba apoyándose en la cercanía a la Palabra de Dios. Cuando fui adquiriendo la madurez como persona, mi fe no se desarrolló en armonía, porque se había quedado anclada en el legado espiritual recibido de mi familia y del ambiente en el que me crié, por eso no respondía a mis nuevas necesidades. La fe seguía siendo una herencia, no se había convertido en una realidad experimental.

En la oscuridad siempre seguí pidiendo luz a Dios para encontrar el camino de la luz y me escuchó. Hasta ese momento no percibía la lectura de la Palabra de Dios como un encuentro personal con el Señor. Tampoco sabría expresar con claridad cómo era. Lo cierto es que la Palabra quedaba fuera de mí, no penetraba en mi corazón para quedarse. Contemplaba lo que el Señor decía a unos y otros, y las respuestas que estos le daban “in illo tempore”. No traía un mensaje para mí, en aquel momento preciso. A lo que me “obligaba” no era otra cosa que aplicar la “moral” del Evangelio a mi vida. Y digo aplicar “yo”, como si se tratara de una obra de ascética personal. Por eso la lectura del Evangelio no me sacaba del círculo vicioso en el que me movía, y no experimentaba la fuerza sanadora y transformante de la Palabra. Ciertamente que invocaba al Espíritu Santo, para que desde “fuera de mí” diera color a la película de mi realidad personal, cosa que no terminaba de encontrar.

Mi atención a la Palabra de Dios era tan dispersa y mi actitud de escucha tan superficial que, con frecuencia, al salir de misa quería recordar el Evangelio proclamado y ya no lo pedía recordar. Gracias le doy al Señor porque me fue sosteniendo amorosamente hasta que llegó el momento oportuno de orientarme hacia el camino de la lectio divina. Entonces la película de mi vida empezó a iluminarse con los colores del corazón.

Curro López

De Según Tu Palabra nº 124