Por los caminos de la lectio, voy aprendiendo, poco a poco, a echar a un lado aquellos hábitos de leer queriendo comprenderlo todo, de buscar información teológica a gusto del consumidor, y lo de conceptualizar ideas de la lectura sin dar tiempo a que las palabras hablen. Me maravilla ir aprendiendo que la lectio funciona como un conjunto de diferentes capas de lecturas, que mueven hacia la conversión de vida según se va entrañando la vida de Jesús en la Escritura.

Interiorizar enseñanzas de la lectura tiene mucho que ver con la apertura del corazón a la voluntad de Dios. No se trata de ejercicios de introspección y autoayuda. Si no de algo así como ir dando respuestas de fe y confianza en lo bueno que es el Señor que da vida a las palabras humanas del texto. Ayuda mucho mirar la forma de decir que sí de María. El contacto con Jesús durante la lectura orante comienza frecuentemente hacia dentro de la verdad de uno mismo, para salir desde ahí a la entrega y el servicio de los más prójimos.

Durante la rumia se me fue la mente a que, muchos días, en la alcoba del corazón, ocurren vivencias reales de este texto de la carta a los hebreos. “La Palabra de Dios es fuente de vida y de eficacia; es más cortante que espada de dos filos y penetra hasta dividir lo que el ser humano tiene de más íntimo, hasta llegar a lo más profundo de su ser, poniendo al descubierto los más secretos pensamientos e intenciones…” (Heb 4,12). Cuando la Palabra sembrada echa raíces en el corazón pasan cosas de Dios en las personas. Pasan interioridades que iluminan las tareas más cotidianas de la vida, y que emiten sencillos mensajes evangelizadores del amor de Dios que todo el mundo entiende. Así, me explico que el maligno luche por evitar que la semilla de la Palabra eche raíces por dentro. Así, queda claro que la lectura superficial y palabrera de las Escrituras se la lleven los pájaros sin tocar el corazón ni dar fruto.

Este tiempo de la lectio para rumiar interiormente que “El maligno arranca lo sembrado en el corazón, cuando no echa raíces…”me llena de sabor y sentido el paso escuchar. Es verdad que vivir en contacto con la vida de Jesús durante la lectura orante libera de la rutinas racionalistas y dirige los ojos de la atención hacia la vida interior de cada uno. 

Es verdad que rumiar es como masticar y ensalivar las palabras de la lectura. Interiorizar palabras es como acogerlas acariciando lo que dicen por dentro. Y escuchar sucede saboreando entrañablemente los mensajes que contienen las palabras y la fuerza de lo alto que hace aceptarlos como verdad. 

Hoy he pasado un buen rato saboreando tranquilamente: “Escuchad lo que significa la parábola del sembrador”. Sí, un buen rato a la escucha del Señor repitiendo frases de la Escritura Santa. Un tiempo sin nada más que ofrecer que apertura de corazón. Hoy la lectio iba sucediendo como algo casi infantil y primario. Era dar tiempo y dejar hablar, dar espacio del corazón, para que las palabras sembradas en la lectura fueran echando raíces y calando dentro. Era dejar hacer a la espada de doble filo de la Palabra de Dios, cuando “pone al descubierto los más secretos pensamientos e intenciones”. 

Tengo que reconocerlo: Hoy, otra vez, durante la lectio, el Espíritu me ha estado enseñado cosas sencillas para vivir siguiendo al Señor desde su forma salvadora y misteriosa de habitar en el corazón.

Joaquín E. Urbano