Una práctica común de los primeros padres del desierto era la memorización de la sagrada escritura o al menos de los evangelios. En aquellos consagrados, que apartados totalmente del mundo solo remitían al silencio, la soledad y la oración continua del corazón, el estudio de los sagrados textos era un descanso, una labor casi de esparcimiento

Hoy en día como antiguamente; la recitación, la incorporación memoriosa o la simple lectura de los textos inspirados, tiene el sentido de tomar contacto con eso que lo divino quiso hacer llegar hasta nosotros. Es el mensaje puro de Dios para cada quién. La Palabra devela un significado personal al que la lee con unción y afecto entrañable, esto va más allá de cualquier exégesis o interpretación erudita que pueda hacerse de ella.

Por otra parte, si se pretende educar la mente para que se aficione a la oración continua, nada mejor que la recitación de los evangelios para evitar la divagación, la curiosidad permanente y ese deambular de los pensamientos en torno a cualquier viento.

Actualmente hay quien se ayuda escuchando una grabación varias veces al día o durante actividades rutinarias que no requieren particular atención. Muy lejos de la falta de respeto, es una manifestación del propósito firme de vivir para Dios y según su mensaje.

La memorización además, permite una particular forma de interiorización de la Palabra. Para recitar el evangelio de memoria hace falta leerlo muchas veces y con atención y mejor si en voz audible en ocasiones de intimidad personal. Este escuchar a Dios, este saborear su palabra con fruición transforma a la persona.

El valor de la sagrada escritura no está solo en su significado, sino que desde su origen es vehículo privilegiado de la gracia. Encarnar los evangelios en la propia conducta como todos sabemos no es nada fácil. Empezar por un conocimiento acabado del mensaje de Jesús es un buen comienzo.

Aunque uno no tenga tiempo, aunque lleve años, es una tarea digna de emprenderse. Un versículo diario o menos aún, hace que la tarea se vuelva posible incluso en medio del agitado ritmo de actividad que impone el mundo de hoy. Aunque vale recordar, que aunque el mundo imponga su frenesí, son nuestras propias ansias, deseos y expectativas los que abren la puerta “al mundo”.

(Equipo de Hesiquia blog)